La actitud. La asignatura pendiente en la educación

Pregunta : Sr. Ford, ¿quién fue Benedict Arnold?

Pregunta : Sr. Ford, ¿cuántos soldados enviaron los británicos a América para sofocar la rebelión del s. XVIII?

Respuesta : Si de verdad quisiese responder cualquiera de las preguntas absurdas que me han realizado podría decirles que apretando el botón adecuado en mi escritorio puedo llamar a hombres capaces de responder cualquier pregunta relacionada con el negocio al que he dedicado casi todos mis esfuerzos. Ahora díganme Vds para qué necesito llenarme la cabeza con datos generales, con el fin de contestar preguntas, cuando dispongo de hombres en mi entorno que pueden responder cualquier cuestión que necesite.

Un hombre está bien educado sí sabe dónde encontrar el conocimiento que necesita, y sabe traducir ese conocimiento en un plan de acción

Henry Ford

Matemáticas, lenguaje, conocimiento del medio,… son asignaturas todas ellas muy importantes en el proceso formativo del niño. Curso a curso, asignatura a asignatura van consolidando la aptitud del niño, que acabarán formando la base de su conocimiento.

En las escuelas, los niños obtienen mucha información y conocimiento. Sin embargo, ¿tienen previsto las escuelas y los sistemas educativos el fomento de la actitud positiva? ¿En qué asignatura se fomenta la actitud?

En nuestro día a día encontramos ejemplos de tareas complejas llevadas a cabo por personas con poca aptitud, pero con una gran actitud. También al contrario, encontramos personas con una formación extraordinaria, pero que desarrollan tareas cotidianas, y que en modo alguno son acordes a su verdadero potencial. Esto es lo que ocurre cuando disociamos los conceptos de aptitud y actitud.

¿Qué podríamos conseguir si creamos un sistema en el que ambos conceptos estuviesen muy unidos y se reforzasen el uno al otro? ¿Qué sería de los niños si trabajásemos para que desarrollasen su máximo potencial a partir de la inteligencia que ya tienen? ¿Qué podrían alcanzar si les enseñásemos a utilizar su inteligencia y todo su potencial, y a convertir todo ello en acción enfocada a resultados?

Pensemos por un momento. Aún recuerdo mi paso por la facultad de Economía de la Universidad de Alicante. Fue en cuarto de carrera cuando en la asignatura de econometría, tuvimos que aprender los inolvidables “intervalos de confianza”. La dificultad no residía en saber qué procedimiento aplicar, sino en memorizar las “complejas fórmulas”. ¿Qué sentido tenía aquello? ¿Cuál era el plan de acción que a ojos del mismísimo Henry Ford se podría generar a partir de aquello? Hoy, bastantes años después de aquel suplicio, sigo sin saber responder la pregunta, y por supuesto, soy incapaz de recordar nada de aquellas “maravillosas” fórmulas. ¿Tuvo algún sentido que para superar la asignatura tuviese que acabar memorizando las fórmulas? ¿Sirve eso para algo? Evidentemente no. Descubrí que lo que nos estaban enseñando entonces poco o nada tenía que ver con un proceso útil (que lo es) con el que obtener importante y valiosa información. No. Lamentablemente no. Lo que nos estaban enseñando por aquel entonces no era más que aprender a aprobar un examen. El fundamento no era otro que el memorizar lo que aquel profesor deseaba que le respondiésemos en el examen, sin más. No importaba la lógica. Sólo memorizar la fórmula para poder aplicarla.

Pues bien, en mi opinión, esa experiencia mía es bastante más común y corriente de lo deseable. Actualmente, cuando superviso el modo en que mis hijos estudian para los exámenes, veo que sigue habiendo mucho de lo que yo padecí por aquél entonces. Memorizar, memorizar, y más memorizar. Los porqués se siguen sin explicar. Quizá los propios profesores tampoco los hayan descubierto todavía.

Si se supone que estamos en la era de la información, y contamos con herramientas como “Google” (que todavía no estaba disponible por aquel entonces), ¿tiene sentido seguir memorizando datos e información a los que tenemos acceso en cuestión de segundos? ¿Tiene sentido? ¿No sería más lógico poder enseñar a los alumnos la metodología para la búsqueda de todo aquello que puedan necesitar, a aplicar un procedimiento lógico para la resolución de problemas, a aprender cómo resolver cualquier situación,…?

En el sistema educativo seguimos viendo profesores que continúan explicando cualquier asignatura con las mismas “artes” que lo hacían hace 25 años. Las matemáticas siguen siendo matemáticas después de mucho tiempo pensarán los más veteranos del lugar. Sí, después de 25 años, la historia, las matemáticas,… siguen siendo iguales, y los procedimientos, lamentablemente han cambiado bien poco. Seguimos memorizando y enseñando a los alumnos a aprobar exámenes, que no a triunfar en sus vidas y a conseguir ser felices.

¿Acaso importan las notas que obtengan en cada uno de los exámenes? Para aquellos que duden en la respuesta, podría comentarles que todavía mantengo el contacto con muchos de los compañeros de clase. Aquellos que están al frente de importantísimas empresas, personas que están triunfando y alcanzando importantes resultados, no eran precisamente los mejores estudiantes, ni por supuesto, los que sacaban mejores notas.

¿Qué notas sacamos unos u otros en matemáticas de cuarto? No lo recuerdo, pero ¿realmente importa? En el momento, quizá tendría su importancia, pero unos cuantos años después, no. No existe una relación directa entre los resultados académicos y los resultados en “la vida”. Así pues, ¿tiene sentido seguir enfocándonos en el resultado del examen?

Para mayor abundamiento, podemos revisar la historia para comprobar que grandes personajes como Einstein, Steve Jobs o el mismo Bill Gates no eran precisamente ejemplos de estudiantes brillantes. ¿Quizá ya ocurría por aquel entonces que el sistema educativo no estaba enfocado en descubrir el talento? ¿Fue su actitud y ganas de triunfar las que provocaron su fracaso escolar?

En el momento consigamos que actitud y aptitud  vayan alineados y en la misma dirección en el sistema educativo, empezaremos a consolidar las bases de una sociedad que entonces sí estará preparada para alcanzar y disfrutar de las cotas más altas.

No necesitamos médicos. Necesitamos los mejores médicos. No necesitamos abogados. Necesitamos los mejores abogados. Y esto que podríamos aplicarlo al 100% de los oficios, profesiones,… que nos rodean, tiene un denominador común : la actitud marca la verdadera diferencia. La diferencia entre tener médicos o buenos médicos no es tanto cuestión de más formación, sino de actitud, y a fecha de hoy, poco o nada se hace en las escuelas para fomentarla.

¿Qué asignatura se encarga de eso? ¿Qué plan de estudios fomenta el desarrollo de la actitud? ¿Qué profesores enfocan sus asignaturas y métodos docentes hacia el desarrollo de la actitud? En función de estas respuestas tendremos los resultados. Es momento de empezar a trabajar en todo esto para conseguir que las generaciones que ya están “tocando la puerta” alberguen esta asociación de conceptos tan necesaria en nuestro entorno.

Quizá la anécdota y frase de Henry Ford que he destacado al principio nos dé una pista importante del camino a recorrer.

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