Si aprendes a pedir mejor, conseguirás mas!

Antes de soplar las velas, pide un deseo. Este es un ejemplo paradójico en el que le pedimos a otro que haga un petición. En este caso a la llama que crepita en lo alto de la mecha como símbolo de la magia concesora de deseos. Más comunes son nuestras peticiones cotidianas, que van desde “acércame el pan” a “recoge tú hoy a los niños que yo no puedo”.

Una de las escenas más populares de la infancia es esa en la que los padres le enseñan al niño a pedir “por favor” y a responder con un “gracias cuando la petición se satisface. Pero esto ya lo hacemos a una edad mucho más temprana que la que marca esta escena, cuando señalamos con el dedo la botella de agua o el juguete que está fuera del alcance de nuestros gateos.

Así, este artículo está dedicado a una actividad que forma parte de nuestra vida cotidiana, que está presente en todos los ámbitos, sobre la que nos enseñan explícitamente cuando somos pequeños…pero que habitualmente hacemos mal. Así, la consecuencia más inmediata de una mala petición suele ser que no conseguimos aquello que pretendíamos y aunque sea solo por este motivo vale la pena aprender a pedir bien.

pedir

Circunstancias alrededor de la petición

Lo que pretendemos como respuesta a una petición es una promesa. Una promesa que encierra el compromiso de que alguien hará algo que nosotros deseamos. De hecho la mayoría de peticiones dejan de formularse en el momento en el que obtenemos una respuesta, no lo que pretendíamos.

Por otro lado, una petición expresa una necesidad y por lo tanto señala una vulnerabilidad. De ahí que muchas personas se abstengan a la hora de hacer peticiones. No quieren descubrir los puntos que consideran más débiles y para los que necesitarían ayuda. Sin embargo, prefieren intentar salir de la situación por ellas mismas antes de reclamar la ayuda de nadie.

Además, hay fenómenos muy curiosos que pueden facilitar la aceptación de una petición. Uno de ellos es el conocido como “pie en la puerta”. Las personas que utilizan esta estrategia intentan conseguir que otra persona responda afirmativamente a una petición que, si hacen directamente, el implicado descartaría. Para ello, hacen primero una petición pequeña, luego una más grande y así van subiendo en grado hasta que llegan a la petición que en el fondo les interesa.

-Hoy nos vamos fuera, ¿podrías acercarte a medio día a echar un vistazo y ver si todo está en orden?

-¡Claro!

-Ya que vas, ¿te importa sacar un momento al perro?

-Uffff….vale

Otra forma en la que somos más receptivos a aceptar una petición se basa en un procedimiento inverso. Esta vez, el hábil peticionario empieza haciendo una pidiendo algo que sabe que el otro no va a conceder, para después hacer una petición mucho menos exigente que en el fondo es la que le interesa.

-Friega la cocina y limpia el polvo de tu habitación ante de marcharte.

-No puedo, no me da tiempo.

-Bueno, pues al menos…saca al perro antes de marcharte.

-Uffff….vale.

Finalmente, antes de pasar a difinir los cuatro elementos que enmarcan una petición tenemos que diferenciarla de la queja. Muchas personas pretenden sortear la petición quejándose. Por ejemplo, en vez de pedirles a su jefe una silla mejor para trabajar, lo que hacen es quejarse abiertamente de que no la tienen.

Pedir

Una de las razones habituales para utilizar la queja en vez de la petición es que la primera no nos hace sentir vulnerables (valoramos la posibilidad de que el receptor de la petición/queja nos etiquete como débiles). Otra de las circunstancias en las que utilizamos la queja en vez de la petición es cuando pensamos que la petición no se va a satisfacer y la queja es entonces la expresión última del sentimiento de malestar.

Los 4 ingredientes de una buena petición

¡Vamos con ellos! En primer lugar se trata de ponerle un sujeto a la petición. El más potente y efectivo es “yo”, muy lejano del impersonal (“Sería bueno que mejoraras las sillas de la oficina”). De esta manera la persona que se compromete sabe con quién adquiere o no la promesa y la propia persona actúa como evocadora del recuerdo de la misma. Por otro lado, es más fácil decirle que no a alguien indefinido que a una persona en particular.

En segundo lugar, la petición tiene que tener un receptor, lejos del “¿Alguien podría acercar esa silla?; ¿Alguien podría cambiarme el turno mañana?”, mejor “Pedro, ¿puedes acercarme esa silla?”. De esta manera estaremos dirigiéndonos directamente a alguien concreto que ya no podrá escaquearse de nuestra petición por no sentirse aludido. Este aspecto también es importante en las peticiones laborales: es mejor averiguar quién va a tomar una decisión respecto a nuestra petición y dirigir la petición concretamente a esa persona que dirigirla a la empresa.

manipulacion-medios

En tercer lugar, pedir tiene que tener un tiempo de satisfacción. Esto pasa mucho cuando mandamos algún correo en el que se incluye alguna demanda. Va a ser más efectivo si concretamos para cuándo la necesitamos. Además, particularmente para este medio conviene dejar claro que esperamos una respuesta.

En cuarto lugar, la petición gana enteros cuando es concreta. Es muy distinto decir “Quiero que te portes bien” a “Quiero que durante la ceremonia guardes silencio y que cuando termine vayas a saludar a tus primos”. Con la primera petición el niño puede intuir qué es portarse bien, pero puede no saberlo exactamente porque el contexto es nuevo para él. Con el segundo tipo de petición queda muy claro qué queremos que haga. Esto es aplicable a la educación, pero también con adultos y en cualquier ámbito.

Como decíamos al principio, pedimos todos los días pero no somos buenos haciéndolo. De hecho muchas peticiones de las que hacemos son difusas y mal enfocadas, en parte porque detrás de ellas se encuentran diferentes miedos (miedo al rechazo, miedo a pedir demasiado, miedo a molestar, miedo a deber un favor…) y en parte porque más allá del “por favor” y el “gracias” nadie nos ha enseñado a hacerlo bien. Espero que este artículo pueda echarte un mano con esto último!

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