No todo lo que viene, conviene

No todo lo que nos envuelve es significativo, ni todo lo que viene conviene. Aplicar en el día a día filtros emocionales y psicológicos adecuados evitará que lleguen hasta nosotros ciertas toxicidades. Espantará a los lobos camuflados de seductoras ovejas y a esos virus capaces de desarrollar en nosotros sobrecargas, estrés y experiencias amargas.

Todas estas dimensiones son importantes y no son conocidas por igual. No obstante, y para entender un poco mejor lo que supone no aplicar en el día a día esos “paraguas psicológicos”, empezaremos hablando del cansancio. El agotamiento más común tiene su origen, como ya sabemos, en un esfuerzo físico. Sin embargo, y por curioso que nos parezca, existe otro tipo más habitual en la población y que suele cronificarse.

Hablamos de ese cansancio de origen emocional capaz de crear en nosotros todo un cuadro psicosomático, donde no falta el dolor de cuello, de espalda, las cefaleas, problemas digestivos…Muchos lo llaman sencillamente, “estar quemados”. Arrastrar este agotamiento emocional, que traspasa lo físico hasta hacernos cautivos, nos lleva muchas veces a una depresión encubierta que no siempre es fácil de diagnosticar.

El origen de este tipo de realidad tan concreta se halla en ser abiertamente permeables a todo lo que nos llega, a todo lo que nos envuelve. En caso de no poner barreras, de no poner límites y colocarnos tras un escudo ante lo que nos desagrada, nos hace daño o nos estresa, acabaremos derrotados por dentro, vencidos por la apatía, el desánimo y la frustración.

Aprendamos a enfocar la realidad de otro modo: protejámonos.

mujer paraguas

La permeabilidad: un problema muy común

La permeabilidad aplicada al comportamiento del ser humano tiene una finalidad muy concreta y hasta necesaria: necesitamos abrirnos a todo lo que nos envuelve para aprender, para integrar nuevos esquemas de conocimiento y sobrevivir. Filtrar en nuestro ser lo que otros nos traen o nos aportan nos permite crecer y eso, sin duda, es algo maravilloso.

Lo que viene a nosotros en ocasiones es justo lo que necesitamos. Todos lo hemos experimentado en alguna ocasión. Por ello, quien mantiene un esquema de pensamiento rígido y una mente cerrada no avanza, no disfruta de esas nuevas oportunidades por ser feliz. Así pues, la mayor parte del tiempo hemos de lidiar con un cerebro programado para ser receptivo, poroso como una esponja que busca absorber todo que nos envuelve.

Sin embargo, y aquí llega el problema, lo que el cerebro hace de forma instintiva no se ajusta a lo que nuestro equilibrio psicológico necesita. Ser receptivos no siempre nos lleva hacia el progreso personal, sino todo lo contrario, nos aboca a una involución emocional. De hecho, y en relación a esto mismo, resulta interesante recordar lo que Albert Ellis, dentro de su enfoque de la terapia racional emotiva conductual, denominó como “la triada de la infelicidad”.

hormiga

Según Ellis, las personas aplicamos en el día a día tres tipos de expectativas irracionales que nos abocarían, irremediablemente, a esa clásica infelicidad donde se inscribe también el agotamiento emocional antes citado.

Así, junto al pensamiento irracional de que “debemos hacerlo todo bien” o “que los demás siempre me van a tratar como yo espero”, está también ese tercero sobre el que deberíamos reaccionar, a saber, “no tengo necesidad de hacer frente a lo que me molesta o me preocupa“. Cuando somos permeables dejamos también de hacer frente a lo que no nos gusta. Nos diluimos como el agua y la sal, una mezcla nada agradable que tragamos cada día. No es lo más adecuado.

Si lo que viene no conviene, protégete

¿Hasta dónde estas dispuesto a ceder sin renunciar a lo que eres? ¿Hasta qué punto vas a dejar que otros te arrastren hacia sus universos personales? No todo lo que viene conviene, ni todo lo que te llega tiene por qué integrarse en tu vida.

Es vital que aprendamos a poner límites personales adecuados. Para entender lo que supone e implica esta estrategia tan básica de nuestro crecimiento personal, visualicemos por un momento un círculo luminoso y cálido que nos envuelve. Ese espacio en el que quedamos contenidos es un área que nos protege del mundo exterior y que, a su vez, nos permite conectar con los demás sin necesidad de fusionarnos.

círculo árbol

A su vez, ese círculo tan mágico tiene una propiedad fabulosa: es flexible. Nos permite relacionarnos sin que perdamos nuestra identidad y se extenderá a su vez, cuando percibamos que algo o alguien en concreto puede permitirnos crecer sin dañarnos.

Ahora bien, este círculo es sabio e implacable. Cuando quieran perjudicarnos se contraerá de inmediato porque esa barrera defensiva está íntimamente conectada a nuestros valores, a nuestra autoestima e identidad. Si lo que viene hace daño lo deja fuera, sin más. Estos límites personales suelen desarrollarse en nuestros primeros años de infancia y adolescencia; sin embargo, es común que en ciertos momentos de nuestra vida hayan quedado dañados, abiertos a la fuerza por una permeabilidad excesiva.

No pasa nada, no es el fin. Siempre estamos a tiempo de sanarlo, de cauterizar sus partes rotas para crear otro círculo perfecto, fuerte y poderoso. Un círculo que tenga la flexibilidad adecuada para saber qué nos conviene y qué es mejor dejar en el vestíbulo de los invitados no deseados, en la antesala de los falsos amigos, los falsos sueños y las falsas esperanzas.

Aprendamos a hacer un buen uso de nuestras barreras defensivas.

Imagen principal cortesía de Nicoletta Ceccolli

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