Cuidado con la gente que ha sido herida, ya sabe cómo sobrevivir

Cuidado con la gente que ha sido herida, saben muy bien cómo sobrevivir. Tienen la piel curtida en mil batallas y el corazón protegido tras una armadura oxidada pero resistente. Ya no admiten las mentiras ni los egoísmos, saben cómo defenderse de las palabras que hacen daño y se valen por sí mismas aún en las situaciones más complicadas.

Este tipo de encrucijadas vitales tan conocidas las pueden originar diversos factores. Podríamos hablar de hechos traumáticos, sin embargo, en la actualidad, si hay una dimensión que se extiende como un virus implacable es el dolor emocional. La vida duele, y lo hace de muchas formas. De hecho, en ocasiones, no hace falta recibir un impacto puntual y devastador para experimentar el inicio de una herida profunda, esa que nadie ve.

Existe un libro muy ilustrativo sobre el tema titulado “Microaggressions in everyday life”, donde nos hablan precisamente de esas pequeñas agresiones que podemos recibir en el día a día a través del lenguaje y del trato que, sin llegar a ser golpes directos contra nuestro cuerpo, conforman una erosión vital y emocional desoladora.

La vida duele, y extiende sus zarpas agresivas de muy diversos modos y a través de múltiples mecanismos. Tanto es así, que son muchas las personas que caminan por la calle con sus heridas abiertas, incapaces de reconocerlas pero sufriendo sus efectos a través de la indefensión, el mal humor, la amargura y el cansancio extremo.

Sin embargo, quienes han sido capaces de identificarlas, sanarlas y aprender de ellas, están hechos ahora de un material diferente. En la aleación de su corazón disponen de un componente casi mágico: la resiliencia.

Mariposa

La resiliencia nos hace especiales: nos convierte en héroes

Los hechos traumáticos, ya sean los ocasionados a raíz de un accidente, una pérdida, un abuso o la destrucción sufrida a causa de una relación afectiva, tienen la capacidad de transformarnos. Ese cambio puede llevarse a cabo de dos modos: vetando por un lado toda nuestra capacidad para seguir disfrutando de la vida o por otro, reinventarnos para ser mucho más fuertes tras lo ocurrido, permitiéndonos así segundas y maravillosas oportunidades.

Es una extraña paradoja. El dolor emocional es como mirar día a día a una Gorgona, ese ser mitológico con serpientes en la cabeza capaz de transformarnos en piedra. Sin embargo, si vamos provistos por un escudo veremos al monstruo a través de su reflejo para poder vencerlo, para poder destruirlo.

Necesitamos herramientas, adecuadas protecciones psicológicas con las que propiciar una transformación que nos convierta en héroes de nuestras propias batallas.

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Los héroes y la química cerebral

Ahora bien, algo que saben los psicólogos y neurobiólogos es que no todo el mundo logra dar ese paso. No todo el mundo llega a activar ese mecanismo de supervivencia instalado en nuestro cerebro como es la resiliencia. Hans Selye, bioquímico canadiense de principios del siglo XX demostró que la resiliencia es, ante todo, una adaptación a una situación de estrés. Nuestro sistema nervioso simpático necesita “calibrarse”, recuperar la calma y el equilibrio. Para ello, ordena que determinadas hormonas  se encarguen de recuperar esa homeostasis.

gorgona

Si el miedo nos supera nos quedamos bloqueados. Nos convertimos en piedra. Factores como nuestra herencia genética hace muchas veces que tengamos una mayor o menor disposición a ser resilientes. A su vez, el hecho haber tenido una infancia traumática también causa un impacto determinado en nuestra química cerebral.

El estrés tóxico interrumpe el desarrollo normal del cerebro del niño, aumentando así su vulnerabilidad emocional llegada la edad adulta. Sin embargo, la buena noticia es que a pesar de que la resiliencia tiene unas bases neurológicas que nos determinan, sus mecanismos se pueden entrenar.

Porque los héroes no nacen, los auténticos héroes emergen en los momentos de adversidad.

Esa herida te ha enseñado a sobrevivir

La palabra “trauma” significa literalmente “herida”. Hay un daño que no se ve pero cuyo impacto llega a todos los ámbitos de nuestra existencia. Richard Tedeschi, psicólogo de la Universidad de Carolina del Norte y notable especialista en este tema, nos explica que cuando una persona está herida por dentro lo primero que pierde es su confianza en el mundo.

Todo su sistema de creencias se derrumba y su confianza en el futuro se desvanece por completo. No hay presente ni aún menos un mañana. La labor de “reconstrucción” es minuciosa y compleja, no es como aguardar a que un hueso roto se una, en realidad, es casi como tener el alma rota y coger pedazo a pedazo para colocarlo de nuevo en su lugar.

mujer corazones reparando la herida

A su vez, el doctor Richard Tedeschi pone el énfasis en un error muy concreto que suele hacer la sociedad en general. Cuando una persona sufrió abusos en su infancia, cuando un hombre debe hacer frente a la pérdida de su pareja tras un accidente de tráfico o cuando una mujer maltratada deja por fin al maltratador, es común que muchos de nosotros lo primero que sintamos es lástima por ellos.

Más aún, hay quien sin decirlo en voz alta, piensa aquello de “eso no se supera, deben estar rotos por dentro, su vida se acaba ahí”.

Pensar esto es un error. Nunca debemos infravalorar a quien ha sido herido/a. La neuroplasticidad cerebral es infinita, el cerebro se reprograma y la resiliencia nos reinventa, nos hace fuertes y nos ofrece nuevos escudos no solo para hacer frente a cualquier Gorgona. Nos abrimos camino por nosotros mismos para encontrar nuevas felicidades.

Imágenes cortesía de Anne Julie Aubry, Benjamin Lacombe

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