La amistad nace por confidencias y muere de indiscreciones

Es curioso como la evolución de la tecnología ha hecho que nos diéramos cuenta de algo y es que las relaciones dependen mucho de los medios que utilicemos para comunicarnos. Los estudios dicen que cada vez nos relacionamos más y con personas más heterogéneas, sin embargo también dicen que contamos y compartimos menos confidencias.

Escribimos más palabras, pero no expresamos más. Mandamos más mensajes de voz, pero decimos menos. Tenemos más posibilidades y también tenemos más dudas. Cancelamos citas a última hora, nos sobra un hueco e intentamos programar otra. Nos entristece que nuestros amigos no tengan tiempo para nosotros cuando tenemos un hueco, sin embargo no vemos la tristeza en el otro cuando sucede lo contrario. Es un tristeza silenciada, que no tiene palabras y que actúa como un ácido que destruye la amistad.

confidencias

La amistad nace de confidencias

Las grandes amistades de la infancia se forjan contando secretos al oído. Intercambiando palabras que hablan de pillearías y trastadas que ningún mayor puede saber. De visiones sorprendentes que nos emocionan y que no nos resistimos a compartir. En la adolescencia son tardes sentados en un banco, jugando a baloncesto, cambiando prioridades e intentando equilibrar un mundo que de repente se ha ido quedando sin puntos de apoyo y personas infalibles.

Las primeras noches hasta la madrugada, ese sol que al salir descubre nuestros sueños más profundos. Vale, es verdad, me gusta Ana; vale, es verdad, me gusta Pedro. Nuestra primera confesión sincera en un mundo que va de caretas y disfraces y al que empezamos a sospechar como tal. Después de la primera confesión, llegan los primeros planes de conquista, entre los que nos movemos con torpeza pero con la ilusión del que piensa que lo tiene todo por ganar.

Entre confidencias hacemos círculos con el pie en la arena y en el centro colocamos a nuestro primer amor. Un amor que sirve para elegir como amigos a quienes se lo confesamos. Lo hacemos porque necesitamos a alguien que nos ayude a poner un poco de orden en ese montón de sentimientos nuevos, también porque participamos del placer de contar y escuchar. Es precisamente ese salto al vacío que supone la confidencia el que forja los lazos de amistad.

Algo que se trasladará a los maravillosos veinte y los serenos treinta y que irá escalando por decenas hasta la última. Seguiremos eligiendo nuestros amigos con nuestras confidencias y al mismo tiempo ellos serán nuestros amigos por cómo las guarden, las protejan y sean conscientes de lo vulnerables que nos hace la información que les hemos entregado.

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La amistad muere por indiscreciones

Igual que recordamos a nuestro primer amor, es probable que también recordemos a la persona que reveló por primera vez una de las confidencias que nosotros le revelamos para que protegiera con el mismo celo o más que nosotros. Ese amargor deja en los labios de la memoria un recuerdo al que se le va el sabor, pero no el aprendizaje.

Antes que estar ahí siempre, a un amigo le pedimos que no traicione los momentos en los que está. Entendemos que no tenga tiempo, que en ese momento no seamos su prioridad o que nos escuche con la conciencia distraída, pero lo que es difícil de entender es que haya preferido utilizar nuestras confesiones como tema de conversación para parecer interesante.

Todavía nos cuesta más comprender que utilice las confidencias que le hacemos para criticarnos frente a otras personas y por la espalda. Esto es algo que desgraciadamente no solo pasa con amigos, también lo hacen muchas personas dentro de muchas familias. Es cuando decimos esa frase de “teniendo amigos como tú, para qué quiero enemigos“.

Por eso cuando un amigo nos cuenta algo adquirimos, por la relación que nos une, la responsabilidad de guardarlo. Se trata del secreto de la amistad, que por el especial vínculo en el que se basa, debe ser aún más insondable que el secreto profesional o incluso el de confesión. En juego no solamente está la delicada información que lleva la confidencia, sino también la propia amistad, que se deshacerá al ser traicionada.

 

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